¿Progresismo o espejismo?
Carlos Daniel Lasa
Podemos observar que en la actualidad se respira una atmósfera intelectual caracterizada por un permisivismo moral que no tiene antecedentes en el mundo entero. Hoy por hoy, aquello que siempre ha sido considerado como malo, no sólo es aprobado sino que, incluso, es alentado. Desde los gobiernos nacionales, provinciales y municipales se promueven campañas en favor de la ideología del género, del sexo como instrumento de placer, del aborto, etc. Hace poco tiempo una inspectora de jardines de infantes, fiel a las directivas que se bajan en educación, amonestó severamente a una docente porque se le había ocurrido separar, en un coro, a los varones, que harían sonar las maracas, de las niñas, que tendrían cascabeles. ¿Cómo era posible que a esta pobre docente se le ocurriese desafiar a la ya consagrada y dogmática ideología del género?. Ciertamente que era todo un atrevimiento que no se podía permitir. ¿Cómo podía ser posible que una maestra de música desafiase a los númenes de la educación actual que nos enseñan que todo concepto es una pura construcción y que, por lo tanto, no habiendo nada de natural, es preciso someter todo a una resignificación inagotable, menos, claro está, a esta última afirmación.
Estas tesis y otras son moneda cotidiana en nuestras vidas. Sostenerlas equivale a ser progresista. Y ser progresista es la chapa ideal para validarse plenamente ante la sociedad. Sin embargo, si bien respiramos cotidianamente esta atmósfera progresista, no nos resulta fácil aprehender su núcleo de sentido. Por ello nos parece que es de fundamental importancia intentarlo.
El progresismo, que en la actualidad identificamos con el sociologismo, es el producto de la crítica marxista de las ideologías extendida al marxismo mismo. Karl Marx fue un crítico de lo que él mismo denominó ideología. Este término aparece en Marx, por vez primera, en La Ideología Alemana [1] y resulta, a lo largo de la obra del pensador alemán, ambivalente. A veces el término adquiere un sentido peyorativo, casi psicoanalítico, cuando designa las representaciones falsas que los hombres se hacen de sí mismos y que son productos meramente culturales. En otras, adquiere un sentido positivo. Este sentido es aplicado al mismo marxismo para designar la ideología del proletariado. Marx establece, dentro de la ideología misma, la distinción entre verdad y falsedad: se pueden distinguir, en efecto, las ideologías reaccionarias, justificadoras de la realidad dada (ideologías falsas), de las ideologías progresistas y liberadoras (ideologías verdaderas).